Nosotros
Remo
| El Rulo de Acero |
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Como otras veces, planeamos una navegación por el Río Santa Lucía. Nos informamos por el atento personal de nuestro Club Alemán de Remo que estando el Río muy bajo, deberíamos esperar a la tarde para poder zarpar, cuando tendría el agua suficiente. Por lo cual la llegada a nuestro destino, el Arroyo "La Lista", (zona del Parador Tajes), la haríamos cerca del anochecer.
El recorrido nos lleva entre los Humedales del Santa Lucía ( zona de protección de la I.M.M.), pasamos junto a varias islas, unas con árboles, otras cubiertas totalmente de juncos. El agua del Río , que en el verano está clara y limpia, se encontraba un poco turbia por alguna lluvia reciente. Nos cruzamos con algunas embarcaciones de recreo y vemos en las costas grupos de acampantes. El tiempo estaba bueno, la temperatura agradable, era lindo notar como la proa de la embarcación abría el agua y avanzábamos kilómetros al destino. El Río presenta zonas barrancosas, otras de playa arenosa, y serpenteando corre entre las islas y sobre algunos bancos de arena, los cuales hay que conocer a pesar de que cambian de lugar, puesto que de otra forma podríamos quedar varados. Cerca del anochecer , próximo a nuestro destino ( sólo un par de kilómetros), nuestro motor deja de funcionar, y tercamente mantiene esa actitud. Por suerte no estábamos en un avión, así que decidimos tirar el ancla en el lugar al cual habíamos llegado, junto a la Isla del Francés. El viento y la corriente seguía en contra, si bien eran suaves, era imposible avanzar. La situación planteada no era la planeada, pero como en la vida, teníamos que aceptar, adaptarnos, acomodarnos y ver que hacíamos. Por lo pronto, esa era la hora en que atacan los mosquitos. Mosquiteros mediante se requería una oportuna retirada al interior del velero, hasta que se fueran. Contrariados nuestros planes ( el lugar de parada no era el elegido), decidimos que podríamos seguir con los mismos, por lo menos en la parte de la cena, con música y algún trago. La noche pasó, por cielo estrellado, luego nubes, viento, lluvia y gemidos del mástil que estoicamente se mantuvo en su lugar. El barco había soportado todo eso colgado de un hilo, bueno, no exageremos tanto, era una cuerda, la del ancla. Al amanecer el tiempo mejoró, el sol entonó el ambiente pero no al motor, que mantuvo su actitud. Estábamos tan cerca de nuestro destino....., pero estimamos que era conveniente emprender el regreso. El viento había cambiado, soplaba de otro lado, pero mantenía su más declarada orientación: siempre en contra. Volveríamos de cualquier manera, a vela. Había que sacar previamente el ancla. Tiramos de nuestra cuerda, pero la misma no se desprendía, estaba sólidamente unida al planeta Tierra. Todas las pruebas de levantarla fueron inútiles, así como fue en vano el intento de la tormenta de la noche de movernos de ese lugar. Nadie quiere desprenderse, cortando, de una amiga tan preciada como el ancla. La solución fue bucear e intentar desengancharla de lo que fuera que la sujetaba en ese fondo que sabíamos era todo arena. La sorpresa fue encontrar un rulo. Un cable de acero de 5 cm. de diámetro, muy largo y semi enterrado, formando rulos apretados donde había calzado el ancla entre las vueltas . Con algo de esfuerzo la recuperamos. Una vez libres iniciamos el lento retorno, con nuestras queridas, leales, y siempre dispuestas pero viejas velas. La vuelta al Club Alemán de Remo en definitiva fue placentera, sin ruído del ayudante "amotinado", podíamos escuchar el tenue murmullo del agua bajo el casco del barco, las aves que nos cruzábamos y hablar entre nosotros con comodidad. Llegando al Club Alemán desembarcamos con el bote de la Institución, llevando preso al "amotinado", cuya culpa el mecánico juzgará y castigará.
Aporte de Enrique Gudynas- Arlette Gamboa. (Embarcación Lietuva) Caja de comentarios de Facebook para Joomla
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Nuestro velero cuenta con un motor auxiliar, el cual pasó a ser el impulsor principal, puesto que teníamos el viento y la corriente del Río en contra.
